Interpretaciones.

La caminata bajo la lluvia resulta en más ocasiones benéfica que lo contrario; es cosa de aceptación o adaptación. La constante interpretación de situaciones inherentes al azar de la existencia.

Una tarde encontré un escorpión zurdo bajo la almohada y lo abracé insistentemente. Era emblemático, coraza pura, difícil de zarandear, pero en lo absoluto indiferente. Reaccionó lento, con una intensa lucidez y una tenaz pureza. Esa tarde conocí de golpe a la belleza. Y me sentí bello a la vez, lúcido. Y viví la ablución, lejos de mí hacía tiempo atrás. Y la apreté con fuerza insospechada, firme.

Así que entre todos los misterios de una reacción inexperta, decidí dejar que el vendaval recabara todas las señales. Conté hasta cientos de miles de números inconscientemente, escuché a los dioses de la música cercenando la retrospectiva con insistencia. Amé con inusual pasión y soñé mucho alrededor del fuego eterno de la pasión carnal. Asumí con inocencia que el vacío era transitorio, que la matriz al final del juego sería limpia y descolorida. Asumí enseñanzas que antes parecieron inocuas, simples tropiezos necesarios; limpie la mirada que obnubilada se encontró desde el precipicio y sin pensarlo me arrojé. Y no sentí el choque ni el vértigo indirecto.

Cuando las flamas de la nueva compañía sucumbieron ante lo inmediato, corroboré con asombro la forma de las mil y un cabezas que me rodeaba. Lamí cada segmento de la sorpresa con frugalidad. Toque cada detalle con putrefacta lengua, degusté cada milímetro de los rostros inciertos y no sentí temor alguno, dolor o pena directa. Solo viento y lluvia y luz alrededor del momento insospechado hubo.

Los círculos fueron resaltando a la vista, uno a uno, cada fractal de emociones que con ahínco había velado. Sumiso reconstruí la existencia a partir de pedacitos y limpias fugas de emociones antaño ocultas. El subconsciente recobró su porte. Y los cuerpos inexistentes al espacio tiempo coincidieron con la fundición de gotas enormes de agobio y restaurada confianza.

Con firmeza tomé el escorpión por la cola. Dejé que lanzara repetidos embates de furia sobre la palma de mi mano e impedí que huyera. Lo percibí agotarse. Su enojo salvaje corrompió su tenacidad y la volvió más arrojada. Continúe incitando las picaduras; continúe mirando por la ventana al piso que ansiaba ver estrellada sobre él a mi cabeza. Suspiré y grité con frustración por lo torcido de cada pensamiento que se acumulaba. Resistí tambaleante, al final, la embestida.

Cuando de pronto la luz del alba vióse completamente desnuda sobre el lecho en que retorcía las incitaciones, cavilé acerca de una plausible explicación.

Solté al zurdo escorpión sobre la ventana; impaciente por el vacío, lanzó sus pisadas locas sobre el alfeizar para luego dar el salto. Pareció volar durante instantes eternos, disfrutando el choque inminente, la feliz y descolorida caída sobre la faz de algo que no era concreto, si no un sueño revuelto donde cada uno, mirando su propia existencia torcida, bizarra, triangulada de manera ecléctica, a su modo disfrutaba. Donde cada mirada del sol cubría la paz del baño de luna y donde a pesar de todos los esfuerzos, la hamartia fincara con ingrata potencia las condiciones a seguir por un buen rato siguiente.

Por fortuna, cavilé, aun persiste la música a mi lado. ¡Al diablo con los sueños!

Así las cosas, desperté.

Florecer

Fractales
aislados
enigma impenetrable.

Reúno cada centímetro puntual,
cada lunar, cada marca
                                   señal
                         rúbrica
                signo
indicación
embelesado digiero las foscas notas,
suavizo los axiomas brutos,
los puntos con luz comprendo.

Así entonces el escorpión resalta y se erige;
así entonces se condensa la primicia precisa
                                                          y ronda
                                              y llueve
                               y sopla
dentro de las cenizas,
cenizas que fui y franca fortaleza instauran,
cenizas de un soterrado crepúsculo
fuente ígnea del amanecer presente.

Señales en patrones alados,
aciagos mensajes,
diafragmas particulares
inscritos con simplicidad compleja
y violenta calma.

Alma extasiada en el espejo de ella,
                                            la recién nombrada.

Atónita alma súbita emoción,
                                            zurda belleza
                                            irrevocable,
condición y paradigma
signos letales, contundentes.

Florecimiento denso, interminable.

Florecimiento soy.

Dama Petricor

Su aroma a petricor repentino, suficiente para llenar la estancia, recorre pleno todo el aparato respiratorio, descargando uno a uno los sentidos, purificándolos, mitificándolos. Cada célula en mí ruge, se enerva endemoniada, trasciende.

Más que palabras por decir, todo se resume a la necesidad desbordante de su presencia, de su aroma petricor, de su existencia petricor, de solvencia petricor.

Inmanente al delirio, la curiosa expansión de mutuos pensamientos de uno hacia el otro y viceversa, fue insólita, unánime, indeterminada. Un segundo antes no existían, al siguiente ¡Chaz! Allí estaban, incipientes, incisivos, inevitables. La cordura comenzaba a distinguir su paso entre cientos de locuras posibles, calabozos interminables de paraíso y por ende, de trágico desenlace.

Inmanente a la quimera del mundo feliz huxleyano, fractal de sinrazón, la memoria no registraba antecedente alguno, corría y se dejaba extasiar más allá de lo que ambos queríamos. Pretensión acaso de saber qué quería ella, mas yo presagiaba sus emociones etéreas, aspiraba su recuerdo petricor y exhalaba frases poetizadas en pro de mi estabilidad mental.

Sin control de los latidos, sin miramientos precautorios en pro de la salvaguarda nerviosa, estructural de la cordura, sentí un mazo de temor a nuestras espaldas; todo esto puede llegar a asustar, ¡y cómo no! Imaginé en muchas ocasiones que la celda más fría estaba entre la gente, rodeado de múltiples personalidades que solo pululaban en una utopía que servía de paso entre este mundo y el siguiente. Pero ahora, no podía evitarlo. Nos miramos y fue una inquebrantable mutación entre dimensiones más fuertes que cada uno.

Veo la imaginaria carretera. Se va creando a pasos lentos el camino sólido hacia la última parte del viaje; ya se van haciendo los faroles fuertes, los caminos rotundos. Y la lluvia aumentará con sigilo la existencia inmaterial de ella, la Dama Petricor.

Historia de una revelación


Despierto con la realidad disminuida. A veces un sueño puede dislocar en extremo la identidad con que uno vive adaptado a la sumisión material; brinco nuevamente de la cama. Está fresca la mañana.

La rutina se hace cargo. Una ducha caliente, ropa limpia, desodorante en gel. Un cigarrillo, café y huevos para un desayuno ligero, acompañado de twitter y algunas notas sueltas en la aplicación del diario. No miro T.V., ni escucho la radio. Sonámbulo en más del 60% de mi atención, dejo que el piloto automático haga la mayoría de las actividades.

Me dispongo a salir, tomo las llaves. Doy el cabalístico beso a mi muñeca derecha y alzo la vista hacia la ventana mientras murmuro por lo bajo "Es hora. Come on baby, light my fire" mientras me calzó la chamarra.

No es un secreto que mi adoración hacia la música de "The Doors" ha sido crucial en mi vida. Recitar versos de sus canciones se convirtió en una práctica completa en todos mis momentos del día; a veces menciono "You're lost little girl" o "Let's swim out to the moon" cuando me encomiendan tareas que no deseo en la oficina o cuando miro la figura linda de alguna chica en el transporte público o por la calle. Tengo recuerdos maravillosos de cuando expreso solemnemente hacia mis adentros "Five to one, baby, one in five". Ésta en especial es increíble, siempre me llega como sugerida desde el averno por Jim ante una inevitable situación de afrenta, incluso física en ocasiones. Llega, la pienso, la exclamo por lo bajito para limpiar mis pensamientos, la repito, tres, siete veces... y ¡zas! a darle a la que viene. Claro, no siempre resulta en una victoria o resultado favorable, pero siempre me permite intentarlo.

Así que la rutina también lleva impresas las frases más constantes en mi cabeza; se desdoblan ligeramente sobre la frente y saltan, congénitas a las ideas, en los reflejos ante las circunstancias. Son credos personales, íntimos y me imprimen la soltura necesaria para permitirme confiar plenamente en el piloto automático.

Bajo las escaleras y me enfilo a la calles. Pongo audífonos en los oídos y veo las nubes blanco grises luchando entre ellas, buscando como abarcar mayor cantidad de cielo para que el sol quede bloqueado por completo. Hago una mueca y pienso en lo magnífico de permitirme jugar con la lluvia más tarde, saliendo de los compromisos en el empleo. De verdad me siento emocionado ante la posibilidad.

Y allí lo veo. Alegre me hace señas, saluda con brío y una amplia sonrisa cruzando por completo su rostro enjuto y con arrugas; devuelvo la onda con la mano extendida y observo la sonrisa noble, aplacada, retenida. Sincera. Una sonrisa tan carismática que me desnuda; es tan frágil mi condición que retiro la mirada pronto y siento un cosquilleo en la nuca. Ese cosquilleo tan emulador de situaciones, de sentimientos, de cosas. Cierro un segundo los ojos y recibo "I can't make it anymore, the man is at the door". Suspiro y rasco en la nuca con un tenue frenesí.

Él vive frente a mi departamento. No sé como llegó a convertirse o a adoptar el oficio; lo recuerdo hace unos años, se asomaba al balcón a fumar un cigarrillo, como meditando. A veces llegábamos a cruzar la mirada, hacíamos un guiño imperceptible pero casi telepático; nos transmitíamos uno al otro la camaradería intrínseca con la mirada, no necesitábamos expresarlo de otra forma. Ambos lo sabíamos y lo sentíamos. O al menos, yo imaginaba eso y a su vez, eso me hacía sentir cierta calma, cierta paz de saber que tenía un buen vecino.

Dejé por muchos años el departamento, por obvias razones. Vivía con mi chica y me había mudado. Cuando por cosas que no vienen al caso, mi relación terminó, volví y encontré al buen vecino dedicado al oficio de barrer la calle de la colonia y recibir los desperdicios ordenados todos los días. Un día orgánicos, al siguiente los inorgánicos. Debo aceptar que tuve sentimientos encontrados; no sabía si sentir lástima o conmiseración. Después tuve otros pensamientos más oscuros y luego otros más claros. Pero no dejaba de tenerlos, de pensar en qué podría haber pasado, sentía una curiosidad que no me gustaba sentir.

Un día tenía una bolsa de basura llena y mi madre estaba de viaje, así que no había de otra, tenía que despacharla yo. Baje y me acerqué a su carrito, con pena, debo aceptarlo. No sabía como afrontar el momento, así que mientras recibía y repetía con insistencia "Not to touch te earth, not to see the sun", me acerqué y le dí los buenos días.

- ¡Pero chavo, hoy son solo desperdicios de comida! - Respondió el señor con una mueca de sorpresa y cierta bondad no disimulada en su sonrisa.
- ¡Oh! Lo siento, no sabía. - Me apresuré a responder. Sonreí de nuevo y me dí media vuelta, en cierto grado avergonzado, pero agradeciendo con un saludo de afecto su atención.

Al día siguiente, mientras mi cabeza recitaba "At first flash of Eden, we race down to the sea" me encaminé tranquilo, sonriente. Entregué mi bolsa, pero no fue el señor quien me la recibió, si no un muchacho que asumí sería su ayudante o algo así. Le di una moneda y me encaminé a seguir mi trayecto.

Cuando estaba a punto de doblar la esquina, me crucé con mi vecino. Me sonrió amable dándome los buenos días. Y fue en ese momento, mágico instante, que mi cabeza hizo un crac, retrocedió y reajustó los mecanismos en que se formaban los prejuicios antes.

Fue una revelación. Siempre estuvo allí, un buen vecino, mejor persona. Un ser lleno de paz, de una luz pura que reparte a quienes deseen tomarla. Disfrazado, convencido de su dignidad y su alto honor, afrontando las circunstancias con valentía y fuerza, con serenidad. Sonriente, gustoso. Un ejemplo pleno de grandeza y aspiración.

Así que lo veo y rasco mi cabeza. Su presencia me sacude y hace que el pensamiento se aclare. Una inyección de lucidez y energía, inmediata, sólida. Comienzo a soltarme reprimendas por la ineptitud con que estaba iniciando el día. La revelación llega con mucha fuerza a mis adentros. No se termina de crecer ni de avanzar.

Reflexiono; sonriendo alzo la mirada y doy gracias al universo por permitirme aprender de cada pequeña situación mientras en mi cabeza resuena "I'm a changeling, see me change".


Lactescencia

A M.N.M.R.
Florece un colosal destello 
al friccionarse las miradas
                                      suya - mía
ciegas se complacen
               cómplices se complementan

Ceguera completa
lactescencia.