Historia de una revelación


Despierto con la realidad disminuida. A veces un sueño puede dislocar en extremo la identidad con que uno vive adaptado a la sumisión material; brinco nuevamente de la cama. Está fresca la mañana.

La rutina se hace cargo. Una ducha caliente, ropa limpia, desodorante en gel. Un cigarrillo, café y huevos para un desayuno ligero, acompañado de twitter y algunas notas sueltas en la aplicación del diario. No miro T.V., ni escucho la radio. Sonámbulo en más del 60% de mi atención, dejo que el piloto automático haga la mayoría de las actividades.

Me dispongo a salir, tomo las llaves. Doy el cabalístico beso a mi muñeca derecha y alzo la vista hacia la ventana mientras murmuro por lo bajo "Es hora. Come on baby, light my fire" mientras me calzó la chamarra.

No es un secreto que mi adoración hacia la música de "The Doors" ha sido crucial en mi vida. Recitar versos de sus canciones se convirtió en una práctica completa en todos mis momentos del día; a veces menciono "You're lost little girl" o "Let's swim out to the moon" cuando me encomiendan tareas que no deseo en la oficina o cuando miro la figura linda de alguna chica en el transporte público o por la calle. Tengo recuerdos maravillosos de cuando expreso solemnemente hacia mis adentros "Five to one, baby, one in five". Ésta en especial es increíble, siempre me llega como sugerida desde el averno por Jim ante una inevitable situación de afrenta, incluso física en ocasiones. Llega, la pienso, la exclamo por lo bajito para limpiar mis pensamientos, la repito, tres, siete veces... y ¡zas! a darle a la que viene. Claro, no siempre resulta en una victoria o resultado favorable, pero siempre me permite intentarlo.

Así que la rutina también lleva impresas las frases más constantes en mi cabeza; se desdoblan ligeramente sobre la frente y saltan, congénitas a las ideas, en los reflejos ante las circunstancias. Son credos personales, íntimos y me imprimen la soltura necesaria para permitirme confiar plenamente en el piloto automático.

Bajo las escaleras y me enfilo a la calles. Pongo audífonos en los oídos y veo las nubes blanco grises luchando entre ellas, buscando como abarcar mayor cantidad de cielo para que el sol quede bloqueado por completo. Hago una mueca y pienso en lo magnífico de permitirme jugar con la lluvia más tarde, saliendo de los compromisos en el empleo. De verdad me siento emocionado ante la posibilidad.

Y allí lo veo. Alegre me hace señas, saluda con brío y una amplia sonrisa cruzando por completo su rostro enjuto y con arrugas; devuelvo la onda con la mano extendida y observo la sonrisa noble, aplacada, retenida. Sincera. Una sonrisa tan carismática que me desnuda; es tan frágil mi condición que retiro la mirada pronto y siento un cosquilleo en la nuca. Ese cosquilleo tan emulador de situaciones, de sentimientos, de cosas. Cierro un segundo los ojos y recibo "I can't make it anymore, the man is at the door". Suspiro y rasco en la nuca con un tenue frenesí.

Él vive frente a mi departamento. No sé como llegó a convertirse o a adoptar el oficio; lo recuerdo hace unos años, se asomaba al balcón a fumar un cigarrillo, como meditando. A veces llegábamos a cruzar la mirada, hacíamos un guiño imperceptible pero casi telepático; nos transmitíamos uno al otro la camaradería intrínseca con la mirada, no necesitábamos expresarlo de otra forma. Ambos lo sabíamos y lo sentíamos. O al menos, yo imaginaba eso y a su vez, eso me hacía sentir cierta calma, cierta paz de saber que tenía un buen vecino.

Dejé por muchos años el departamento, por obvias razones. Vivía con mi chica y me había mudado. Cuando por cosas que no vienen al caso, mi relación terminó, volví y encontré al buen vecino dedicado al oficio de barrer la calle de la colonia y recibir los desperdicios ordenados todos los días. Un día orgánicos, al siguiente los inorgánicos. Debo aceptar que tuve sentimientos encontrados; no sabía si sentir lástima o conmiseración. Después tuve otros pensamientos más oscuros y luego otros más claros. Pero no dejaba de tenerlos, de pensar en qué podría haber pasado, sentía una curiosidad que no me gustaba sentir.

Un día tenía una bolsa de basura llena y mi madre estaba de viaje, así que no había de otra, tenía que despacharla yo. Baje y me acerqué a su carrito, con pena, debo aceptarlo. No sabía como afrontar el momento, así que mientras recibía y repetía con insistencia "Not to touch te earth, not to see the sun", me acerqué y le dí los buenos días.

- ¡Pero chavo, hoy son solo desperdicios de comida! - Respondió el señor con una mueca de sorpresa y cierta bondad no disimulada en su sonrisa.
- ¡Oh! Lo siento, no sabía. - Me apresuré a responder. Sonreí de nuevo y me dí media vuelta, en cierto grado avergonzado, pero agradeciendo con un saludo de afecto su atención.

Al día siguiente, mientras mi cabeza recitaba "At first flash of Eden, we race down to the sea" me encaminé tranquilo, sonriente. Entregué mi bolsa, pero no fue el señor quien me la recibió, si no un muchacho que asumí sería su ayudante o algo así. Le di una moneda y me encaminé a seguir mi trayecto.

Cuando estaba a punto de doblar la esquina, me crucé con mi vecino. Me sonrió amable dándome los buenos días. Y fue en ese momento, mágico instante, que mi cabeza hizo un crac, retrocedió y reajustó los mecanismos en que se formaban los prejuicios antes.

Fue una revelación. Siempre estuvo allí, un buen vecino, mejor persona. Un ser lleno de paz, de una luz pura que reparte a quienes deseen tomarla. Disfrazado, convencido de su dignidad y su alto honor, afrontando las circunstancias con valentía y fuerza, con serenidad. Sonriente, gustoso. Un ejemplo pleno de grandeza y aspiración.

Así que lo veo y rasco mi cabeza. Su presencia me sacude y hace que el pensamiento se aclare. Una inyección de lucidez y energía, inmediata, sólida. Comienzo a soltarme reprimendas por la ineptitud con que estaba iniciando el día. La revelación llega con mucha fuerza a mis adentros. No se termina de crecer ni de avanzar.

Reflexiono; sonriendo alzo la mirada y doy gracias al universo por permitirme aprender de cada pequeña situación mientras en mi cabeza resuena "I'm a changeling, see me change".


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