Su aroma a petricor repentino, suficiente para llenar la estancia, recorre pleno todo el aparato respiratorio, descargando uno a uno los sentidos, purificándolos, mitificándolos. Cada célula en mí ruge, se enerva endemoniada, trasciende.
Más que palabras por decir, todo se resume a la necesidad desbordante de su presencia, de su aroma petricor, de su existencia petricor, de solvencia petricor.
Inmanente al delirio, la curiosa expansión de mutuos pensamientos de uno hacia el otro y viceversa, fue insólita, unánime, indeterminada. Un segundo antes no existían, al siguiente ¡Chaz! Allí estaban, incipientes, incisivos, inevitables. La cordura comenzaba a distinguir su paso entre cientos de locuras posibles, calabozos interminables de paraíso y por ende, de trágico desenlace.
Inmanente a la quimera del mundo feliz huxleyano, fractal de sinrazón, la memoria no registraba antecedente alguno, corría y se dejaba extasiar más allá de lo que ambos queríamos. Pretensión acaso de saber qué quería ella, mas yo presagiaba sus emociones etéreas, aspiraba su recuerdo petricor y exhalaba frases poetizadas en pro de mi estabilidad mental.
Sin control de los latidos, sin miramientos precautorios en pro de la salvaguarda nerviosa, estructural de la cordura, sentí un mazo de temor a nuestras espaldas; todo esto puede llegar a asustar, ¡y cómo no! Imaginé en muchas ocasiones que la celda más fría estaba entre la gente, rodeado de múltiples personalidades que solo pululaban en una utopía que servía de paso entre este mundo y el siguiente. Pero ahora, no podía evitarlo. Nos miramos y fue una inquebrantable mutación entre dimensiones más fuertes que cada uno.
Veo la imaginaria carretera. Se va creando a pasos lentos el camino sólido hacia la última parte del viaje; ya se van haciendo los faroles fuertes, los caminos rotundos. Y la lluvia aumentará con sigilo la existencia inmaterial de ella, la Dama Petricor.
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