En las noches de luna nueva acostumbro no mirar el cielo: de forma invariable me deprimo y el insomnio es seguro visitante en mi lecho. Me atrofian las noches de luna nueva.
Así que hace tiempo decidí hallar qué hacer para solventar el asunto. Comencé a seleccionar diferentes actividades para que el no poder pegar el ojo al menos no fuera ansia y angustia devastadoras. Incluí cine, lecturas, música; incluí escribir y también, por qué no, en ocasiones, adelantar pendientes de la chamba. Ya saben, siempre habrá cosas qué hacer que no se hacen cuando deberían hacerse y que pues tienes que hacer ¿no?
Pero llevo más de veinticinco años haciendo eso: huyendo de las noches de luna nueva, agazapado en las trincheras de mi cama buscando como sobrellevar una maldición inaudita, de la que desconozco su origen y de la que no imagino siquiera cómo diablos podré escapar. He pensado no pocas veces que más que depresión es pánico, horror... una macabra relación de amor en dónde la vorágine que escapa por ese hilito de luz redonda, a manera de eclipse por debajo de la redondez oscura del astro, es en realidad una fuerza hipnótica que deshace toda la lucidez posible en mis ondas neurológicas y de la que no me queda más remedio que subyugarme.
Ardo en incertidumbre. Una ráfaga iridiscente sofoca mi cordura.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario