Con el aire podrido en los pulmones, intoxicado de añoranzas y cabizbajo por la lluvia ininterrumpida, avanzaba a grandes zancadas junto al incondicional mequetrefe de incontables andadas y serias metidas de pata.
Avanzaba y avanzaba, el reloj no interrumpía su caminar. Tampoco los charcos y los semáforos me impedían avanzar. Llegué al torniquete, la miré, me miró, cruce los dedos y susurré una maldición. Segundos que fueron horas y horas que lanzarían maldiciones durante muchos días después. Mequetrefe sonriente, almendrita triunfante, despampanante e inteligente, asesina.
Mequetrefe sonriente, chambón. Estúpido yo con la espada guardada y los caminos del azar en la misma tramposa situación. Soy inestable.
Dejé la bebida hace mucho tiempo atrás, pero ahora caería bien un whisky.
La novena de diez formas de ver la misma cosa
Visto en retrospectiva cada segundo se erosiona al ritmo de vida, lo cual quiere decir que cada momento de cada habitante en ciudades vertiginosas genera una corta memoria individual, que incluso puede volverse con facilidad colectiva y éstos erosionados momentos aumentan incontenibles las posibilidades respecto a sufrir depresiones en masa.
La ilusión de mirarla se había fugado desde muchas lunas atrás. La apetencia de esa silueta frente a mis órganos oculares se mantenía en niveles insignificantes, lo cual generaba una tensión emocional combatiente. Tampoco la noche no era muy avanzada cuando salí a tomar el aire.
Una lluvia pertinaz calaba, poco, pero lo hacía. El hombre de corta estatura me hablaba de algo que me cuesta recordar, pero que en ese instante me mantenía atento, asumo ahora que era de un tema totalmente intrascendente o de plano que el eclipse que se asomaba arrasaría mi memoria inmediata anterior.
La tensión emocional combatiente aulló y dejó de luchar; una brillantez inusitada inundó mis órbitas oculares, lo cual provocó que se generaran fuertes descargas eléctricas en el cerebro, inútiles búsquedas de escapatoria, escondite, plática, disimulo, invisibilidad. Pero como dije, nada ocurrió, es decir, fue inútil.
El árbol tiró su fruto y recogí el atardecer en la memoria. Con magro resultado y fluidez inofensiva, despedimos uno al otro y al hombre de la corta estatura. El recuerdo cobró nueva vida, otra perspectiva, significados nacidos de un espejismo en el azar, petrificada emoción, torpe desenlace.
La interposición de estos elementos circunstanciales desenlazó varias perspectivas: 1. Alucinación irreverente respecto al futuro; 2. Angustia e intolerancia a la lactosa; 3. Mucha melancolía y añoranza.
Asumiendo que las condiciones climáticas y la compañía del hombre de baja estatura no fueron factores para el desencadenamiento, asumiré que la fatalidad rondó a muy baja distancia del nivel humanamente tolerado y por lo tanto es hora de regresar al pesimismo.
La ilusión de mirarla se había fugado desde muchas lunas atrás. La apetencia de esa silueta frente a mis órganos oculares se mantenía en niveles insignificantes, lo cual generaba una tensión emocional combatiente. Tampoco la noche no era muy avanzada cuando salí a tomar el aire.
Una lluvia pertinaz calaba, poco, pero lo hacía. El hombre de corta estatura me hablaba de algo que me cuesta recordar, pero que en ese instante me mantenía atento, asumo ahora que era de un tema totalmente intrascendente o de plano que el eclipse que se asomaba arrasaría mi memoria inmediata anterior.
La tensión emocional combatiente aulló y dejó de luchar; una brillantez inusitada inundó mis órbitas oculares, lo cual provocó que se generaran fuertes descargas eléctricas en el cerebro, inútiles búsquedas de escapatoria, escondite, plática, disimulo, invisibilidad. Pero como dije, nada ocurrió, es decir, fue inútil.
El árbol tiró su fruto y recogí el atardecer en la memoria. Con magro resultado y fluidez inofensiva, despedimos uno al otro y al hombre de la corta estatura. El recuerdo cobró nueva vida, otra perspectiva, significados nacidos de un espejismo en el azar, petrificada emoción, torpe desenlace.
La interposición de estos elementos circunstanciales desenlazó varias perspectivas: 1. Alucinación irreverente respecto al futuro; 2. Angustia e intolerancia a la lactosa; 3. Mucha melancolía y añoranza.
Asumiendo que las condiciones climáticas y la compañía del hombre de baja estatura no fueron factores para el desencadenamiento, asumiré que la fatalidad rondó a muy baja distancia del nivel humanamente tolerado y por lo tanto es hora de regresar al pesimismo.
La octava de diez formas de ver la misma cosa
Supongo que cuando nos vimos hubiéramos podido apostar que cualquier cosa pasaría, menos esa.
Él y yo ya habíamos recorrido ese camino antes, y como no había pasado, no había forma de haber hecho la pregunta… “oiga mi chavo, y si un día, ya sabes, fuéramos caminando por aquí y nos encontráramos a you-know-who”… insisto, jamás lo hubiéramos pensado.
Yo, si, YO que puedo presumir acá bien sabrosamente de saber cómo estuvo el pedo, de haber aprovechado todas y cada una de las oportunidades para cargarle calor a Él y peor aún, de haber intentado halagar a Ella con uno de mis “pensamientos”, supe claramente lo que significó aquella frase, esa que soltó a quien seguiremos llamando solamente Él, esa que pronunció mientras me volteaba a ver como preguntando ¿qué hago? Porque Él mismo no sabía qué hacer y se le notaba en la cara, así que en dos segundos dijo: hiiii, ¡valió madres! y me volteó a ver con la interrogación en la cara, a mí solo me quedó un segundo para ver el porqué de todo eso… y ahí venía, era imposible hacernos pendejos y evadirla, era imposible porque Él se había clavado en el suelo y porque Ella llegó tan dueña de si como siempre, lo saludó, me saludó (pudo no hacerlo, nadie se habría dado cuenta) y desaparecí… no por que me hubiera ido, sino porque ya no existía nada ni nadie alrededor de ellos dos, yo hubiera podido brincar alrededor de ellos y estoy seguro que seguirían reaccionando igual, Él balbuceó apenas algo y ella, dándose cuenta que aún ejercía poder sobre Él le dijo algo con evidente doble intención: “¿sabes? Hace poco me acordé de ti, porque fijate que shala la shala la…” la mirada de Él se iluminó y su sonrisa se hizo más evidente, al final estoy seguro de que mientras se debatía en su interior para intentar una respuesta a la altura, no pudo y nomás se la pasó balbuceando y Ella, aún entera, se despidió dejándolo derrotado e impotente.
Solo YO me di cuenta, fui privilegiado con el único boleto disponible para el espectáculo que significa un reencuentro, testigo mudo de esas miradas que solo pueden existir entre viejos enamorados que aún soplan en las cenizas intentando reavivar aquella llama… o quizá no, quizá sea una mamada y yo solo quiera sentirme un poquito importante.
Él y yo ya habíamos recorrido ese camino antes, y como no había pasado, no había forma de haber hecho la pregunta… “oiga mi chavo, y si un día, ya sabes, fuéramos caminando por aquí y nos encontráramos a you-know-who”… insisto, jamás lo hubiéramos pensado.
Yo, si, YO que puedo presumir acá bien sabrosamente de saber cómo estuvo el pedo, de haber aprovechado todas y cada una de las oportunidades para cargarle calor a Él y peor aún, de haber intentado halagar a Ella con uno de mis “pensamientos”, supe claramente lo que significó aquella frase, esa que soltó a quien seguiremos llamando solamente Él, esa que pronunció mientras me volteaba a ver como preguntando ¿qué hago? Porque Él mismo no sabía qué hacer y se le notaba en la cara, así que en dos segundos dijo: hiiii, ¡valió madres! y me volteó a ver con la interrogación en la cara, a mí solo me quedó un segundo para ver el porqué de todo eso… y ahí venía, era imposible hacernos pendejos y evadirla, era imposible porque Él se había clavado en el suelo y porque Ella llegó tan dueña de si como siempre, lo saludó, me saludó (pudo no hacerlo, nadie se habría dado cuenta) y desaparecí… no por que me hubiera ido, sino porque ya no existía nada ni nadie alrededor de ellos dos, yo hubiera podido brincar alrededor de ellos y estoy seguro que seguirían reaccionando igual, Él balbuceó apenas algo y ella, dándose cuenta que aún ejercía poder sobre Él le dijo algo con evidente doble intención: “¿sabes? Hace poco me acordé de ti, porque fijate que shala la shala la…” la mirada de Él se iluminó y su sonrisa se hizo más evidente, al final estoy seguro de que mientras se debatía en su interior para intentar una respuesta a la altura, no pudo y nomás se la pasó balbuceando y Ella, aún entera, se despidió dejándolo derrotado e impotente.
Solo YO me di cuenta, fui privilegiado con el único boleto disponible para el espectáculo que significa un reencuentro, testigo mudo de esas miradas que solo pueden existir entre viejos enamorados que aún soplan en las cenizas intentando reavivar aquella llama… o quizá no, quizá sea una mamada y yo solo quiera sentirme un poquito importante.
La septima de diez formas de ver la misma cosa
No esperaba encontrarme con ella. No esperaba un frente a frente tan voraz, de tan rauda intensidad.
El acompañante sonreía y sonreía, irónico, cabildeando entre lo imposible de tan acertada coincidencia y la sordidez del azar implicado en la conjugación de tantos elementos para tan esplendoroso resultado.
Esperaba muchos otros diferentes esquemas para un reencuentro que sabía, perfectamente, que sucedería, sin brújula ni pretensión de exactitudes, navegaba entre la inocencia de saber que el día prometido llegara y toda la tensión, nervios, ansiedad del chiquillo antes del regaño.
Camuflaje sentimental, arroyo de alegrías y derrota del capital. Caerá el momento en que el recuerdo se encuadre y las orillas que tocaron fondo se crucen por vez final entre los intereses picados para evitar un suicidio.
Y no habrá lluvia alguna que impida un entrecejo mayor.
El acompañante sonreía y sonreía, irónico, cabildeando entre lo imposible de tan acertada coincidencia y la sordidez del azar implicado en la conjugación de tantos elementos para tan esplendoroso resultado.
Esperaba muchos otros diferentes esquemas para un reencuentro que sabía, perfectamente, que sucedería, sin brújula ni pretensión de exactitudes, navegaba entre la inocencia de saber que el día prometido llegara y toda la tensión, nervios, ansiedad del chiquillo antes del regaño.
Camuflaje sentimental, arroyo de alegrías y derrota del capital. Caerá el momento en que el recuerdo se encuadre y las orillas que tocaron fondo se crucen por vez final entre los intereses picados para evitar un suicidio.
Y no habrá lluvia alguna que impida un entrecejo mayor.
La sexta de diez formas de ver la misma cosa
La noche caía infalible e inaplazable; las tenues gotas de la lluvia ensombrecian aún más la perspectiva desde la que mi atención atendía el cruce de la calle. No era una noche serena de ninguna forma, acaso podría decirse que la noche era todo excepto serenidad, aún contando con la aparición de múltiples situaciones agradables, no cabría dicho calificativo.
La comprensible torpeza al andar de la gente se magnificaba; los pocos transeúntes que acompañaban indiferentes los pasos que dirigían mi cuerpo, a un tiempo unísono sonaban generando redobles infames en mi estado de ánimo.
La diferencia resaltable entre la forma en que los demás miran a su alrededor y la forma en que yo lo hago, resulta a veces corta pero determinante.
La carestía con que el fruto del almendro caminó al bajar del convoy, me tomó por sorpresa, la coincidencia era suprema, extremadamente agresiva, una burla de la fatalidad. Miré al policía distraido, miré al ave que no vuela junto a mí y lo ví sonreir infame e incontenible. Imagine mi rostro. Imagine su cuerpo cobijado en mi regazo, amante. Imagine que todo era un sueño y decidí comenzar a olvidar.
Hoy no puedo decir que lo haya logrado.
La comprensible torpeza al andar de la gente se magnificaba; los pocos transeúntes que acompañaban indiferentes los pasos que dirigían mi cuerpo, a un tiempo unísono sonaban generando redobles infames en mi estado de ánimo.
La diferencia resaltable entre la forma en que los demás miran a su alrededor y la forma en que yo lo hago, resulta a veces corta pero determinante.
La carestía con que el fruto del almendro caminó al bajar del convoy, me tomó por sorpresa, la coincidencia era suprema, extremadamente agresiva, una burla de la fatalidad. Miré al policía distraido, miré al ave que no vuela junto a mí y lo ví sonreir infame e incontenible. Imagine mi rostro. Imagine su cuerpo cobijado en mi regazo, amante. Imagine que todo era un sueño y decidí comenzar a olvidar.
Hoy no puedo decir que lo haya logrado.
La quinta de diez formas de ver la misma cosa
Llovizna, agua ácida. La primera vez que recuerdo haber llorado regresa, cubre mi mente, el inmediato panorama, la melancolía hiere.
Tengo la sensación de estar soñando: desde lo alto miro una imagen del sitio en que me hallo junto a un pingüino caminando, veo formarse gota a gota la lluvia que cae, sigo las miles de trayectorias sentado en la nube negra y me regocija con exceso el palco especial que no sé cómo obtuve.
El transporte público circula con torpeza. Corren los últimos minutos de las últimas horas de la vida de un día de duro trabajo en la ciudad: la ciudad con sus murallas personales, paso a paso; la circulación semilenta contrastante con el ritmo al que viven sus habitantes, sus hijos, los estresados, los que nunca tienen calma, los que siempre tienen prisa. Contraste entre la mirada del policía que cuida la entrada de la estación y los rostros desconocidos con que se cruza a cada segundo, a cada respiro incontenible.
El semáforo se pintó de verde y el convoy avanzó, se detuvo, la gente bajó. El bullicio inundó el sitio y los pasos comenzaron a retumbar inestables, incontenibles, implacables. Me vi andando junto al pingüino, con insoportable lenta velocidad y pasmosa plática insulsa: me vi murmurando algo, una reacción descompuso mi semblante y detenidamente recorrí la escena: allí estaba ella, con la ligereza acostumbrada, con la belleza escurriendo y desafiando las leyes naturales: fiel a su costumbre, no tocaba el piso al caminar, flotaba.
El inminente choque provocó la incontenible caída, aterricé junto a mi, me introduje en mí mismo, me poseí. Suspiré, tomé aire fresco, miré a mi alrededor, la tenía frente a mí, la estrechaba y la saludaba... la miraba asombrado, pero sentía mi piel de gallina tiritar, sentía cómo las emociones suturaban las neuronas y la electricidad truncaba la libertad de pensamiento, la capacidad de reacción. No supe cuando se fue, ni cómo se marchó, sólo sé que la primera noche que recuerdo haber llorado se impregnó en mi presente desde entonces y no se va, no se quiere ir, no me deja en paz... tengo lágrimas retenidas desde entonces porque sé que algo muy dentro ha muerto y no sé cómo hacer desde que ya no está.
Tengo la sensación de estar soñando: desde lo alto miro una imagen del sitio en que me hallo junto a un pingüino caminando, veo formarse gota a gota la lluvia que cae, sigo las miles de trayectorias sentado en la nube negra y me regocija con exceso el palco especial que no sé cómo obtuve.
El transporte público circula con torpeza. Corren los últimos minutos de las últimas horas de la vida de un día de duro trabajo en la ciudad: la ciudad con sus murallas personales, paso a paso; la circulación semilenta contrastante con el ritmo al que viven sus habitantes, sus hijos, los estresados, los que nunca tienen calma, los que siempre tienen prisa. Contraste entre la mirada del policía que cuida la entrada de la estación y los rostros desconocidos con que se cruza a cada segundo, a cada respiro incontenible.
El semáforo se pintó de verde y el convoy avanzó, se detuvo, la gente bajó. El bullicio inundó el sitio y los pasos comenzaron a retumbar inestables, incontenibles, implacables. Me vi andando junto al pingüino, con insoportable lenta velocidad y pasmosa plática insulsa: me vi murmurando algo, una reacción descompuso mi semblante y detenidamente recorrí la escena: allí estaba ella, con la ligereza acostumbrada, con la belleza escurriendo y desafiando las leyes naturales: fiel a su costumbre, no tocaba el piso al caminar, flotaba.
El inminente choque provocó la incontenible caída, aterricé junto a mi, me introduje en mí mismo, me poseí. Suspiré, tomé aire fresco, miré a mi alrededor, la tenía frente a mí, la estrechaba y la saludaba... la miraba asombrado, pero sentía mi piel de gallina tiritar, sentía cómo las emociones suturaban las neuronas y la electricidad truncaba la libertad de pensamiento, la capacidad de reacción. No supe cuando se fue, ni cómo se marchó, sólo sé que la primera noche que recuerdo haber llorado se impregnó en mi presente desde entonces y no se va, no se quiere ir, no me deja en paz... tengo lágrimas retenidas desde entonces porque sé que algo muy dentro ha muerto y no sé cómo hacer desde que ya no está.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)