Resulta meditador hallarse en el centro de un huracán y no percibirlo; es el juego interminable de vivir a un ritmo inconsciente y que la vida se escape a cientos de cosasquepudieronser por segundo. Ahora en el exilio he confirmado que la razón de la existencia nunca es tal, nunca se llega a concebirla fijamente, inamovible, no es posible detenerla, obtenerla. Es igual de pomposo imaginar que la razón de vivir está a nuestro alcance, humanos tan débiles, tan idealistas, tan soberbios, tan... humanos.
En el universo de gente con que hablo y convivo día con día, me sorprende encontrar muchas reacciones y sentimientos, formas de razonar tan diferentes, pero en un sentido arcaico, es como fuera de la realidad a la que estaba acostumbrado, allá en la jungla defeña con un madral de güeyes peleando de frente y poniéndote de vez en cuando en aprietos para vencerles; acá no, acá más bien se hacen a un lado, se vencen ellos mismos.
Pero es razonable, México es un país clasista, lamentable o afortunadamente, y quienes lo nieguen será porque su visión no da para más de lo que da su nariz; México tiene hondamente anclado el sistema de clases y la discriminación, el racismo, el sentido de la igualdad es una falacia, una demagogia usada por los políticos para calmar al pueblo, para venderles la idea de que "importan", de que "valen", de que "son algo"... En realidad si son algo, son los peones, los trabajadores, la mano de obra que produce lo que otros ganan. Dentro del engranaje, las clases media y baja simplemente son eso, engranes, piezas dispensables para generar más riqueza a "los inversionistas, empresarios, patrones" y dueños de nuestra infame suerte".
Pero lejos de que esta cita pretenda aflorar los sentimientos más agrios de este imbécil que teclea, la intención radica en reflexionar, entender, buscar comprender cómo puede un pueblo y sus gobernantes llegar a ser todavía más imbéciles que yo. Imaginen que llega un güey inglés. Imaginen que llega a una provincia como esta, Mérida, llena de idiotas de bajo perfil intelectual y sobretodo de inocencia resultado del anterior. Imaginen que el inglés, obvio, comienza a relacionarse con la gente de clase en la ciudad y obvio, todos le dan ¡hurras! y ¡vivas! por engalanarlos con su presencia y sus libras esterlinas. Además, imaginen que al inglesito se le ocurre una idea, una "estupenda idea", que encierra el secreto de todos sus ancestros: crear una página web con un curso de inglés (obvio, inglés británico) que para el público no cueste, que todo mundo pueda acceder a ella sin costo, y con los centenares de miles de millones de visitantes hambrientos de conocer y aprender el idioma inglés (británico, no lo pierdan de vista), vender mucha publicidad, ganar millones, hacer el negocio perfecto. Y además, vendérselo al gobierno local para que la página se vea en las escuelas y los alumnos la aprovechen, incluso que la hagan obligatoria, que le den peso, para que los alumnos la tomen en serio. SI y aparte que los negocios locales le den su dinero al inglesito para que sus libras no se le acaben y que el gobierno tire el dinero de los impuestos con el inglesito porque no puede dejar que se vaya así con las manos vacías.
En fin, no pienso darles el link de semejante estupidez porque no quiero darle un ápice de publicidad a esa madre, lo único que diré es que la página tiene un diseño de hace por lo menos 10 años, viejísima, trabajo digno de un chavo de primaria, porque los de secu igual se la saben más; lo malo, lo único verdaderamente malo en esto, es que seguro los idiotas ya existen y ya le estarán pagando publicidad y los alumnos ya estarán obligados a entrar a la página a perder su tiempo y así, una vez más, nuestro trauma de conquistados se volverá a manifestar entregándole el oro al extranjero. Bueno, seguro le dará alguna migaja al par o trío de pendencieros que agarre en la ciudad para ayudarlo, pero no más, no más.
Eso es lo verdaderamente triste del asunto. ¡BAH!
A manera de colofón sólo quisiera decirles, con toda el rostro avergonzado, que me duele profundamente que no tengamos un poquito de criterio, y lo peor, que no tengamos idea de ello.
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