Paulina.

Paulina, después de mucho pensárselo, encontró un buen pretexto para no asistir ese día al empleo. Llamó a la oficina y lo informó así al primero en levantar la bocina; colgó y regresó a la cama, junto al cuerpo caliente e indefenso de su amante en turno.

Permaneció en silencio unos minutos mirando al techo y recordando vivamente los momentos recién pasados con el aún dormido; recordó las caricias que le habían agradado y lo que no le agradó nada de nada. Hizo un balance: pasaba el tipo con 7, según su propia escala, pero seguía siendo insuficiente, seguía siendo un parche malpuesto para cubrir o disimular su verdadera necesidad, no podía seguir engañándose de esa forma; sintió a la miseria poseyéndola, haciéndole mejor el amor que cualquier amante, más mujer, más intensa, más viva, desplegando una energía en su interior que no conocía, una rabia que se desprendía de ella y que iba a parar en algún sitio...

Abrió los ojos y miró la sangre a su alrededor. Sus recuerdos eran vagos y difusos, de sueño lejano. Aspiró y sintió vértigo.

La policía entraba a la habitación.

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