12 de agosto

Después de la oscuridad inesperada, el misterio y la incertidumbre abarcan la vista, la extravían y la congelan. Después del susurro en busca de comprensión, sólo aparece un descampado inusual en el horizonte, en el punto medular de las ideas consecuentes.

Después de la eficacia irrefutable, de la victoria cantada con antelación, de los trofeos alzados con palmadas en el hombro, ¿por qué se aproxima tan irremediable la obstrucción, el bloqueo de la mirada, el óxido en el cielo que se acongoja?

El chirlo en la mejilla. El silente desplazamiento de un estado benefactor convertido a una sonaja descompuesta; las palabras cimbran los pensamientos, su imposibilidad de apareamiento exitoso dejan mucho sinsabor, aquí dentro, en el lado izquierdo, donde punza constante la vitalidad inmunda.

Al diablo con eso. Al diablo porque ellos pierden más, porque ellos no equivalen al control de tu vida, porque ellos no son la moraleja sino quien la dispara; al diablo con uno mismo y los sueños inacabados en un trigal descolorido en el centro de una aldea abandonada.

Al diablo con el misterio oculto en el fondo insondable de mi humanidad.

12 de agosto. Si alguien lo lee y lo traduce, sabrá a qué me refiero.

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