Descubrí la necesidad de ser miserable a los 13 años. Fue una mañana en que después de abrir los ojos y mirarme al espejo, con los ojos hinchados y el cabello tan desaliñado que parecía tener un nido en la cabeza, me percaté de que necesariamente tendría que estar marcado por la introspección y el aislamiento de por vida; así de simple, no tenía posibilidad de que alguna mujer volteara a verme o coqueteara conmigo, por ejemplo; tampoco existia la probabilidad de ser un chico multicitado en las conversaciones o un as en el baile o una eminencia en la música... No, nada de eso.
Así que preferí dejar de lado esas tontas aspiraciones y tratar de comprenderme, de visualizar un poco a qué diantres había llegado al mundo, si tenía una razón por la cual existir o no. Después de meditar todo eso durante cerca de 30 segundos, decidí que no había nada por lo que yo pudiera desear seguir viviendo, así que me corté debajo de las muñecas con una hoja de afeitar.
Claro está que al primer contacto con la filosa navaja me logré hacer algún rasguño, pero de inmediato la retiré: sí, no tuve valor de sumirla más para cerrar mis días de una vez por todas; al sentir el fracaso tan envolvedor en mi cuerpo, decidí buscar otras opciones y abrí el botiquín de primeros auxilios.
Allí estaba un frasco grande con muchas aspirinas, así que decidí envenenarme con ellas; me logré tomar cerca de 30 ó 40 pastillas, no lo recuerdo bien, pero sé que fueron muchas, todo eso antes de empezarme a sentir verdaderamente mareado y asqueado. Me senté un segundo en el suelo, pero literalmente un segundo, porque de inmediato me incliné hacia el baño a vomitar.
Aún recuerdo todo el tiempo que me pasé allí, guacareando, horrible, horrible.
Sin embargo, después de tan rotundo fracaso en una empresa tan común a esa edad, decidí entonces buscar mi razón de ser, que al final, me dije, algo debo tener en mi camino, porque si no, las cosas se me hubieran facilitado ¿o no?
Ahora, después de muchos años, recuerdo esa y otras muchas experiencias y entiendo perfectamente que siempre el común denominador ha sido la miseria: he aprendido a convivir con ella, a tolerarla, amarla y apreciarla, más que a mi propia existencia.
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