Dolorosa necesidad

Deambulo por la calle: cualquier calle, avenida, boulevard, andador, cualquier cosa, finalmente todas sirven para lo mismo: vagabundear, aplanarlas, dejar minutos valiosos de la existencia escaparse entre el bullicio y la gente ignota; sin embargo sé que algún rostro familiar forzosamente cruzará mi camino, que los sitios que bien guardados están en la memoria siempre salen a flote cuando son requeridos, que las anécdotas que sufrieron de mi lamentable presencia estarán repitiéndose enternamente, infinitas, mientras la relación espacio-tiempo gobierne nuestros destinos.

Asimismo, los besos que dimos eternamente los daremos, las palabras que dijimos estarán repitiéndose en la misma sintonía, en el mismo tenor, la misma energía, angustia, desesperación, emotividad o lo que sea, contra la misma indigna persona que tuvo el desafío de estar allí, escucharlas y no salir huyendo... o probablemente, algunas otras más inteligentes huirán durante todo lo que dure la eternidad lejos de nosotros, rechazando cada sílaba que pronunciemos, cada murmullo, cada grito, cada sentimiento.

En el silencio todo es oro. Es la cabalidad llevada al extremo, las emociones intensamente dentro de nosotros explotan y recorren a la velocidad de la sangre cada milimetro de epidermis nuestra, la auscultan y la pulverizan para que al pronunciar la primer palabra todo quede relegado, olvidado, pero la cicatriz que no supimos de donde surgió permanecerá siempre allí, en el centro del cuerpo, en el profundo amanecer de nuestros días... la primavera vendrá nuevamente a presentarse en otro nivel de la espiral, volveremos a escuchar las mismas expresiones y los mismos chistes tontos en otra situación, otra geometría. Tal vez con suerte tendremos alas y podremos charlar con las nubes, acaso sea sólo para escuchar que el desastre aún tiene tiempo por delante, que los pardos abriles aún lloran inconsolables a Celan y recriminan al Sena por su maldita inanimidad... el suicidio es una dolorosa necesidad.

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