He logrado beneficiar el bote de la imaginación con sendos tropiezos. Es común que interpretar tropiezos resulte más nutritivo que los triunfos mismos, acaso por la tormenta que desembocan, acaso por la ruptura inmediata en el horizonte, pero sin duda, los tropiezos nutren.
No digo que los triunfos, los aciertos, no merezcan la nota, claro que no. Incluso podrían clasificarse como una segunda y honrosa categoría en la que se pueden meter todas las circunstancias en que uno se ve envuelto segundo a segundo. No veo más categorías, no veo más posibilidades. Aciertos y tropiezos. Ceros y unos.
En la multitud de esquemas y la riqueza de interpretaciones acerca de lo que la vida misma encierra, debemos intentar categorizar las situaciones, es una necesidad implícita para quienes pretenden comprender, aunque sea de lejos, la existencia de uno mismo. Más aún si la piedra es pesada, ¿si me entienden, no?
Ceros y unos. Blancos y negros. No medias tintas, no medios triunfos o casi tropiezos. Sé es y se sufre o goza con una sola intensidad plena, completa. Y deberíamos impedir que ésta se torne inconclusa, que crezca en forma de freno que dejará rastros y sembrará sentimientos crueles con el tiempo y dañará irremediablemente la consciencia y el sueño mismo. Cargas la batería y la dejas descargar por completo. Cargas los polos, muerdes el polvo, explotas la champaña, vives y dejas vivir.
Y con ello beneficias en definitiva la imaginación, la nutres, la compartes con el universo. Sin marcas. Sin destellos. Solo rastros humeantes, revólveres recién activados, corazones latiendo al máximo, sangre bullendo y masacrando las venas, con el cuerpo enervado y descompuesto pero con un alma rebosante. Albricias para el buen dormir.
Ceros y unos. No puedo dejar de pensar en la bendición del sistema binario.
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