Dignidad

Soy incapaz de mimetizarme con mi entorno.
Mis pasos conducen al precipicio permanente, irremediable.
La gente que me rodea aúlla, grita, muere y no lo percibe: entre basura habitamos, respiramos un "aire" con altos y nocivos grados de impureza, utilizamos agua de dudosa calidad y el aroma citadino es cada vez más horrendo, pero la costumbre juega en nuestra contra, la necesidad y el hastío conjugan la verborrea necesaria para impedir que la mente se proclame en contra pero al mismo tiempo para que no haga nada por cambiar las situaciones.

Si tan sólo pudiéramos recordar lo que significa la palabra dignidad.

¿Acaso es tan difícil que todos seamos un poquito más limpios en todo lo que hacemos? En la calle hay infinidad de basura que nadie tira, que nadie recoge y que nadie se preocupa en eliminar. En la calle, en las puertas de las casas, las paredes, todas, están con pintas, los aromas ni para qué continuar.

Avancemos pero no de esa forma.

Adiós a la cordura

A veces los espasmos son tan continuos que generan alegría, un sentimiento desbordante que en la mayoría de las veces genera incluso fuertes y claras tentativas de llanto.

Si el comienzo de cada periodo oscuro está marcado por una serie de acontecimientos que con la debida atención y lectura nos dan certeza, así mismo la muerte y el torbellino inmediato se huelen, se perciben incluso desde la coladera o el desagüe. También los aromas generan señales, todo se conecta, universal.

Sentir amargura, soledad, miedo, son partes naturales de ser hombre, de seguir vivo. Sentir y ocultar, ignorar o desechar son muestras de un degenere personal, una desviación de la cordura, un paso hacia su pérdida. La mirada se vacía y el gatillo se tensa.

Yo he dado ese paso.

Linea

Nueva línea.
Para Gabriela Madrid.
Por la inmortalidad.

Observo, desnudo frente al espejo, a la maraña de imágenes aturdir la rutina, taladrarla: entregármela sin que nada pueda hacer.

Cobijado con las maneras, atascado de tanto mirarte, olerte por lo bajito, aumentando la realidad para proseguir con el sueño e ilusionar al tormento con un frenesí no vivido aún pero de dimensiones tortuosas: el mundo gira sin que de ello te percates, el mundo no para, fuerza sobrenatural, enmienda absoluta es.

El carmesí de la piel, panorama oculto por ahora (subrayado). Canciones de truenos y largas olas de agua dulce. Una batalla por encontrar. La puerta se abre y los caminos se disfrazan de torpeza e incitación a la derrota.

Vamos, canta libélula en cautiverio, vamos a bebernos la vida con el máximo frescor de una noche de verano en tierras Mayas. Vamos a brincar y estallar por la caída del sol: celebración próspera en un mundo sin celebraciones.


Miedo de

No te tengo miedo. No después de arrasar todo lo que me habitaba, después de gritar y manifestar el gran reflejo hasta que me consumí por completo.

Ahora te miro desde arriba, te observo incauta y hasta abusiva. Tundra en tu piel, dormías fría y dormías a mi lado: la casa se incendiaba pero eras incapaz de sentir nada.

Antes derretía mis ideas en poemas rosas dedicados a tu sonrisa, sutil e inteligente, suspicaz incisiva. Adoraba los trazos de tu pelo sobre mi brazo, haciendo vibrar todas las fibras que tuve vivas alguna vez.

Y tampoco pude llorar como debía. Tampoco inserté mis ideas tras tu recuerdo para revivir los momentos, flashear la terrible soledad. Esa soledad acudió intensa a derrapar por todos lados y a curar heridas con saliva. La misma soledad que te miró de frente y tuviste miedo de volverlo a hacer. Sufriste un gran impacto y te quedaste petrificada. ¡Qué remedio!

Reviviré con tu recuerdo. Muero de honor destrozado, humillado por amar a un ente destrozado por experiencia propia y ahora, disuelto mientras más perverso.
Las alondras me cierran el paso, daré media vuelta y sonreiré con nostalgia.