Siento envidia o certero sentimiento de inferioridad hacia los narradores; siento desdén hacia mi pobre producción cuando leo enormes relatos y hermosas novelas de creadores con miles de aportes superiores a los míos, enterrados en una ínfima entrega poética, dizque según yo, pero forzada a mostrar sus letanías dentro de una juerga que no termina hasta que desemboca en una critica indirecta hacia el mismo punto de partida.
¿Cuál sería este punto de partida? Pues indistintamente el mío, es decir, mis palabras ordenadas estúpidamente en escalera o en el centro de la página o justificadas hacia uno u otro sentido lateral en la página, dizque para que se vean bonitas, como si esas palabras fueran un poema o un pensamiento o una eterna perdedera de tiempo sinrazón, sin sentido y mucho menos con autoridad de creatividad o trascendencia...
Pero creo que al menos, lo decente es que te lo digan con todas sus letras, con todas sus sílabas, ¿quién se va a ofender? Si te dicen que tu texto por X Y o Z no sirve y no encuadra, ¿por qué alterarse, ofenderse o sentirse deprimido o menospreciado?
Es peor, según yo, ese silencio incómodo que todo echa a perder, incluso, en las mejores familias.
Creo.
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