Llevar poco más de treinta y siete horas continúas despierto me genera cierta pasividad; el ritmo con que afronto lo que hago es más lento y torpe comparándolo contra las situaciones cotidianas, aunque no por eso mejores o elevadas. El sentir la vida desde un ángulo reflector lento es vibrar con el resonar de unos pasos, reavivar las entrañas más enterradas, destruir los puntos de vista detractores, retrógrados, envilecidos.
Pago amargo. Leer poesía es el burdel donde el poeta retrata su casa. Atraer las miradas en el trópico de un basurero en el que al menos se puede respirar la propia fetidez y alargar el aliento para sentir dentro de uno mismo lo podrido que podemos (solemos) estar.
Al final de la hora treinta y siete, ojos del tamaño de un limón y una ceguera auto infligida para derretir la miseria que se propaga como rapiña en un campo recién devastado y sin perpetrar nada, absolutamente nada.
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