El fin es el fin.

Es una repetición de mis días.
Abrumado por las circunstancias, dejo que se escapen los extremos para que se nivelen las etapas reptiles.
Pienso en una claridad deshumanizada, en una meta lo más imposible de alcanzar para mantener el hambre de mi corazón.

¿Qué es un hombre sin una esperanza? Es la muerte andante en las avenidas de una ciudad perdida.

Mis ojos hierven.
Sangran agua y dolor. Mis ojos abrumados tiemblan.
Sacuden la retina y gritan por una temporada de caza no abierta.
Moriré descalzo. Así es la realidad.

Cortado en interminables pedacitos, los retoños de mi piel abarcarán el silencio y polvo hechos desarrollarán una plaga de estornudos.
Ya no existe una vida. Ya no tiene vida la realidad.
Descubrí la penumbra y ahora dejo que cubra cada poro en mí. Autodestrucción blanda.

Soy una mina de turbación. Soy un alce en la pradera con la cornamenta destruida. Soy un pueblo fantasma, una luz apagada.
Quisiera ser una persona diferente.
Quisiera no tener una carga tan perfecta en mis espaldas.
Aleluya a las corazas de una vida indefinible.
Aleluya, he muerto.

Tengo una rara virtud: un poema que dicta cada segundo de las entrañas.
Tengo un corazón delator derrochando fuego en forma de agua.
No hay fe.
No hay existencia.
Dolor hecho aire. Dolor hecho amargo trago de ajenjo en una lista interminable de derrotas.

No tengo poesía. Se ha ido.

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