Días aciagos confunden mi percepción del tiempo, situaciones de presión extrema que transmiten cargas eléctricas incesantes a través del ojo izquierdo para desfondarse en letargos insomnes, en caricias no recibidas.
Aún así, preciso dejar en un trecho de solemnidad mi ajetreo, preciso dejar claro la costumbre infame de abonar tiempo incólume a mis prioridades, a mi resistencia vital por sí misma, a pesar de todo el rechazo de que sea capaz de soportar.
Códigos miserables
Los códigos de la miseria son recursivos; mantienen una forma filosófica tan irregular precisamente para evitar su aparición (de la miseria, por supuesto), que con un poco de astucia y observación podemos hallarlos y esperarlos o resignarnos, según cada quien.
Por ejemplo, cuando los implicados mantienen un ligero sentimiento de alegría durante varios días, incluso semanas, su vida cae en un momento de conformismo pleno, de placer intrínseco con quienes los rodean, nada es mejor que esos instantes, nada es más gozoso, más abrumador ni más elocuente. Nada de qué preocuparse. Y he allí que entonces ataca la miseria.
También está el ejemplo de aquél que en sentido contrario siempre ha sido ruin, un malviviente o pordiosero; un habitante de la calle, pues. Sucede que este hombre un día descubre que alguien le dejó en un billete de cierta valía en su regazo; este hombre creerá por unos instantes que ha tenido un golpe de suerte o algo así. Pero, ¿cuánto tiempo creen ustedes que podrá durarle ese dinero, ese gusto, ese golpe de suerte, que por otro lado jamás existió? ¿Un día, unas horas, una semana?
Y bueno, creo que ustedes ya saben qué pasará cuando se acabe ese dinero.
Me siento deprimido; otro día continuaré con estos ejercicios.
Por ejemplo, cuando los implicados mantienen un ligero sentimiento de alegría durante varios días, incluso semanas, su vida cae en un momento de conformismo pleno, de placer intrínseco con quienes los rodean, nada es mejor que esos instantes, nada es más gozoso, más abrumador ni más elocuente. Nada de qué preocuparse. Y he allí que entonces ataca la miseria.
También está el ejemplo de aquél que en sentido contrario siempre ha sido ruin, un malviviente o pordiosero; un habitante de la calle, pues. Sucede que este hombre un día descubre que alguien le dejó en un billete de cierta valía en su regazo; este hombre creerá por unos instantes que ha tenido un golpe de suerte o algo así. Pero, ¿cuánto tiempo creen ustedes que podrá durarle ese dinero, ese gusto, ese golpe de suerte, que por otro lado jamás existió? ¿Un día, unas horas, una semana?
Y bueno, creo que ustedes ya saben qué pasará cuando se acabe ese dinero.
Me siento deprimido; otro día continuaré con estos ejercicios.
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