Volví. Estuve durante un mes y días fuera de la ciudad, viajando por cuestiones de trabajo y aburriéndome igual que un pez beta en un recipiente redondo... ¡Qué horrible es andar así de diligencia! Por un lado, la poca estabilidad que puedes percibir, la falta de distracción real, profunda, no simples parrandas y emociones que donde quiera encuentras; la poca flexibilidad en tus gastos, la nostalgia y sobretodo, la poca comunicación, no por falta de ella, sino por falta de tiempo.
Asombroso fue que según mis cálculos, decidí no distraerme con nada que no fuera el objetivo de mi salida, que incluso no intente actualizar el blog ni leer mi correo personal ni tampoco visitar las páginas amigas, para terminar pronto el viaje y volver a la feliz ciudad a continuar con la vida.
Si así me llevó más de un mes, si no hubiera reprimido mis ganas de todo eso, seguiría allá, enterrado en un sitio desconocido, rodeado de enemigos potenciales y cubierto de una malla antisocial capaz de ahuyentar hasta a las moscas.
Volví y encuentro que tal vez el sacrificio no fue del todo conveniente. Volví y ahora me costará unos días lograr volver a ser quién era antes de partir.
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