De niños.

Cuando cumplí ocho años conocí la miseria. De buenas a primeras me sentí miserable y no supe porqué diantres era, no entendía tan bajo sentimiento. Después pensé qué era consecuencia del crecimiento: uno escucha la tele y lo que dicen, que el cuerpo va cambiando y uno se imagina cosas y luego cuando llegan estas sensaciones, pues se relacionan, así, como si fuera de lo más normal, ¿o no?; así que me puse a indagar y descubrí que muchos de mis amigos ya habían sentido, e incluso desde hacía mucho tiempo antes que yo, lo terrible de ser miserable.



Y es que cuando eres niño, en algún momento, a fuercitas que conoces la miseria; ¡y miren que la miseria tiene una de acepciones! que bueno... ¿para qué les digo si ustedes lo saben? Aunque, puequé que haya algunos que no sepan ni de lo que estoy escribiendo (iba a poner "de lo que estoy hablando", pero no me pareció correcto utilizar esa palabra: "hablando"... demonios, ¡pero si estoy escribiendo!). Les decía, cuando se es niño, casi por naturaleza, conoces la miseria. Porqué eso sí, hay de miserias a miserias; por ejemplo, un amigo de la escuela me contó que el conoció a la miseria el día de los enamorados: la niña que se sentaba con él en la escuela lo traía rebruto, y el muy zonzo creyó que regalándole una rosa el día del amor, así, de jodido, por lo menos se ganaba un besuco; después de todo, pues una rosa es una rosa, un bonito detalle, pero nanaís, nada que lo besó y lo único que ganó fue un sendo zape del hermano de la niña para que se dejara de andar de calenturiento, tan chiquillo y tan caliente, a ver si se iba a lavar los calzones primero y luego venía a despertar pasiones hasta entonces dormidas de su linda y pequeña hermana.



Yo sí le dije: no masques que no es chicle, ¿a poco te sentiste así nomás por un zapecín?; nel, me dijo azuzado, lo que pasa es que todavía faltaba por venir lo peor, lo verdaderamente espantoso y terrible (simón, ya sé que suenan exagerados esos calificativos, pero pu's hay que echarle emoción a la platicada, ¿qué no?). Bueno, les decía, lo qué hizo que mi amigo se sintiera miserable no fue aquello del mazapán en la choya, sino que cuando iba de vuelta a su casa, descubrió que el hermano aquél no era tal, era el novio de la chiquilla, y que los agarra ahí besándose, como si ya tuvieran peleas en la coliseo, en plena esquina, como si fuera de lo más normal; pero eso sí, el chamaco aquél iba una año arriba más que nosotros, o sea en cuarto, pero ya había reprobado un año y por eso estaba más grande y se hacía pasar por su hermano. Entonces, la razón detrás del zape recibido cambiaba totalmente de dimensión: porque uno puede soportar que la familia se interponga, es casi como el sueño de todo enamorado, qué el mundo se interponga para realizar nuestro amor, además así pasa siempre en las películas ¿qué no?, al amor verdadero siempre se le interponen los familiares de la novia, desde la mamá, hasta el perro, y es deber del hombre luchar y luchar por el amor de la elegida, sin importar las barreras que se lleguen a interponer... ¡pero no! ella lo había despreciado y lo había acusado con el novio, montando el escenario para burlarse un buen rato a futuro viendo al pobre escuincle partiéndose los sesos para ver como conquistar a la amada...



A estas alturas, yo me volví a sentir miserable. Mi amigo ya tenía la voz quebrada y yo, pu's de por sí me sentía raro, y luego de escuchar semejante historia y juntarla con la mía, ya no tuve más valor y abracé a mi amigo, le pedí que callara y los dos nos pusimos a llorar.



Armando Ortiz Valencia.

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