Menudo dilema



Estaba manufacturando una idea con la ayuda de ciertos recuerdos e imágenes que se entrecruzaban con el ritmo de la divagación en turno y descubrí algo que no había contemplado y que en definitiva me había estado picando los ojos durante toda la mañana.

Me levanté de un salto, rompiendo así la cómoda posición de reposo y meditación en el centro de mi cama ¡No había tiempo que perder! Me alise un poco el cabello, en la parte de atrás, toda la nuca, incluso sentí cosquilleo involuntario. Armonicé los sentidos tratando de que mi ángulo de vista fuera el más óptimo.

Permanecí sentado al borde de la cama durante unos segundos, tal vez dos o tres minutos para ser un poco más preciso. Repasé la habitación. Allí seguían los libros en la repisa sin terminar, seguían apilados los discos acumulando polvo, literalmente a montones; para ser honesto, esa imagen me dictó un ligero punzón en mis costillas, pero lo ignoré olímpicamente. Me levanté con un ligero mareo que duró unos instantes, durante los cuales aproveché para tallarme los ojos de forma circular con el huesito medio de los dedos anulares. Qué sensación tan natural y portentosa. A veces uno, entre tanto ajetreo de lecturas, siestas, meditaciones, etcétera, descuida valorar, y disfrutar, estos pequeños placeres que nos hacen humanos, iguales todos, ¿a poco no?

Y sin más se presentó. Y lo admiré. Frente a mí, impávido, pulcro y controversial se erigía como todo un gigante, ni más ni menos que un menudo dilema.

Bostecé para impresionar. Quería que notara que de ninguna forma, bajo ningún tipo de circunstancia caería rendido ante él. Incluso clavé con decisión y autoridad ambas manos en los bolsillos un instante y luego rasqué mi nuca con torpeza, acto seguido sobé con insistencia mi brazo izquierdo, esa especie de tic que acciono cuando la energía se me escapa del entorno. Cuando me inunda la hueva pues.

Giré. Di media vuelta con la total intención de que al mirar la ventana, se diera por sentado que mi prioridad seguía siendo otra, cualquiera, no importaba cuál, excepto afrontarlo. Ese dilema abrupto que me abordaba sin invitación ni aviso tenía que esperar su turno, no a imponerlo. Al menos eso intentaba hacer. Pero fue inútil.

Mi estómago comenzó a reclamar. Dicen que las emociones se concentran y nacen desde allí. Ni hablar; la verdad es que me doblegué un poco ante tal muestra de reprobación. Comprendí de inmediato que alargar el suspenso me atraería mayores niveles de estrés corporal; pero, ¿cómo solucionarlo? ¿Cómo determinar la directriz hacia un puerto en que todos los detalles y expectativas fueran cubiertos? Pero no había forma de dar marcha atrás. Era irremediable e imperativo atender al susodicho aparecido.

Salí de la habitación, me sentía observado desde todos los flancos, el centro de la atención. Sentí nervios, ¡cómo no!, pero no flaqueza, en ningún momento permití que mis pasos mostraran algún tipo de duda o vacilación. Miré de reojo al gatito dorado en la repisa de la sala que incansable movía su patita de atrás para adelante y viceversa, él me miraba al mismo tiempo, claro; carraspeé, lo aceptó, no hay porque ocultarlo. Y me planté.

Frente al refrigerador aspiré profundo y retuve la bocanada de aire por cuatro segundos y luego lo solté con un fuerte suspiro. Repetí tres veces la operación y abrí la puerta. Un ligero golpe de frialdad me envolvió y tras una mirada fulminantemente rápida hacia arriba enfoqué el meollo del dilema: ¿Cerveza clara u obscura?

Y con firmeza asesté un golpe certero al centro para desintegrarlo. Oscura.

¡Provecho y salud!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario