Miserable per sé

La primera noche que me sucedió, sentí un horrendo estupor.

La segunda noche fue doblemente horrendo. La tercera ataqué furioso a la pared hasta ensangrentarme los nudillos. La cuarta, desesperado, decidí ver al doctor Mendieta.



Al doctor Mendieta lo conocía de mucho tiempo atrás y le tenía mucha confianza, ¿cuál sería el problema con verlo? Con alguien tendría que desahogarme y tal vez hasta lograba conseguir un buen consejo para llegar al meollo del asunto y en una de esas, hasta lo solucionaba. Todo consistía, me repetía constantemente, en tener confianza, mucha fe y mucha confianza.



Sin embargo, no hubo ni consejos ni pista alguna para nada. Incluso me sentía peor que antes de haber entrado. Me desahogué, claro, pero comprendí que no era eso lo que yo necesitaba; en fin, al caer la tarde concluí que había exagerado las supuestas expectativas de mi visita.



El terror y el insomnio hicieron mancuerna infernal y por ahí de la décima noche sentí que mi vida estaba condenada a desaparecer. Mi semblante era el de un muerto viviente, no, más bien, el de un remuerto vivo, o no sé cómo decirlo, pero tenía las ojeras más pronunciadas que jamás le haya visto a nadie, las mejillas más hundidas y caídas que las de un perro de mercado, al igual que mi cada vez más ínfima corpulencia. Todo llegó al absurdo cuando una tarde, camino al empleo, una anciana me dio un par de centavos, dizque para ayudarme, ¡imagínense!



Mi ya de por sí miserable existencia comenzó a rayar en lo rídiculo: yo no soy de maneras ágiles o demasiado bruscas, no. Más bien creo que lo que soy se debe a mi poca imaginación para hacer cosas como las hacen los demás. Por ejemplo, yo de niño nunca pude aprender a andar en bicicleta o en patines y eso en realidad me importaría un comino, si no fuera porque siempre quise aprender a andar en bicicleta o en patines como los demás; tampoco me importaría si a cambio en la escuela o con las chicas o en los equipos de la escuela o qué se yo, mi incapacidad se viera compensada, pero no fue ni es así, no tengo ninguna cualidad de la que yo pueda decir, ¡que bruto que bueno eres para esto!! no, ninguna, ninguna.



Entonces, en mi condición de personaje gris, crecí tratando de pasar inadvertido siempre que se pudiera. Me horrorizaba el hecho de hablar frente a la gente o ser el centro de atención por unos segundos. Y ahora el horror se inmiscuía de otra forma en mi vida, metiéndose con la intimidad, que es la más grande y sagrada necesidad y condición de todo ser humano, porque ¿qué somos sin nuestra intimidad, sin nuestro rinconcito solitario?? Nada, ¿verdad? Y estas pesadillas que pasan y pasan y lamento decirlo, creo que seguirán pasando, me tienen loco y no sé cómo desprendérmelas...



Un mes ha transcurrido desde que llegué a este hospicio. La último que recuerdo, después de mis anteriores apuntes, es que caí de la escalera cuando un gato se atravesó en mi camino, perdí el conocimiento por unos segundos y cuando intenté levantarme, un intenso dolor sacudió mi pierna derecha, supusé que estaría rota, por lo que me ayudé con el barandal para mantenerme en pie y fue entonces que lo ví, frente a mi, escaleras arriba, imponente, sombrío... y no sé nada más.