En una cabeza llena de ruido nada funciona. Bombardeada de
impulsos visuales, auditivos, kinestésicos a cada milisegundo, en cada rincón.
Nada funciona.
Los recuerdos caminan sin orden y pelean por una sinapsis
corta de funciones, con el habla trabada, con desarrollo corto, una sinapsis
incapaz de concretar una idea cuando reinicia el proceso y así en un ciclo
interminable, uróboro.
En una cabeza bombardeada de sinsentidos, los altos niveles
de insatisfacción pueden llevar a una persona cuerda a la horca. Caminar con
audífonos, mirando de vez en vez el celular, un paso sí, dos no, alzar la
mirada, calcular el espacio antes del próximo obstáculo evidente, mirar de
nuevo, bloquear, desbloquear, mirar a la derecha, hacia abajo, encender el
cigarrillo, aspirarlo, sentir la asfixia combatir el ansia, limpiarse el sudor
en el pantalón, ajustar el volumen, desbloquear de nuevo, deslizar hacia abajo
esperando actualización del timeline, calcular el espacio antes del próximo
obstáculo evidente, mirar de nuevo para ver si ya se actualizó, deslizar hacia
abajo en busca de algo interesante, adelantar la canción, llorar por dentro sin pretenderlo y sin
siquiera comprenderlo… sin siquiera comprenderlo.
El cielo es un escaparate, se esconden deseos y duendes y
suspiros. Allá vuelan todas las aspiraciones, los sueños, las maldiciones. Todo
en un tobogán inmediato de pensamientos que se cruzan por millares por pulgada
cuadrada de espacio repleto de personajes inexpresivos pero sonrientes,
rodeados a su vez de personajes expresivos pero callados, ocultos, desgarrados.
Esto se mira cuando ves girar el mundo en una avenida transitada, cuando gritas
por dentro, pero la turba te silencia infalible, cuando sonríes a la persona
frente a ti y recibes un encare. Esto se mira cuando dejas tu alma suelta para
vibrar al ritmo de los lamentos flotantes en tu espacio personal, cuando tratas
de huir de los interminables impulsos visuales, auditivos, kinestésicos a cada
milisegundo, en cada rincón. En cada respiración.
Encauzar el sentimiento es una tarea frágil y compleja.
¿Cómo salir de nuestra cápsula, construida a partir de
nuestras defensas, para combatir y conquistar? ¿Sólo se puede obtener la
victoria a base de la derrota de alguien más? ¿Será imposible aspirar a una
utopía del ganar - ganar?
Sentir el llamado, vestirse para recibirlo, sanar,
desaparecer y encontrarse a sí mismo frente al espejo. Cada silencio es un
llamado al interior, al que nos habita y que desconocemos. Yo lo desconozco, no
lo he mirado jamás, no lo he tocado ni sentido ni olfateado, aunque me habla
todo el tiempo, insonoro, por cierto, aportando su granito de arena al
bombardeo de la cabeza inservible.
Y es que aporta huecos, más no puentes. Desata tormentas
innecesarias, sentimientos ofuscados, líneas de divagación en sentido contrario
a lo que segundos antes pretendía alentar. Ese desconocido que me (¿nos?)
habita no se cansa de parlotear, jamás se sosiega, pues incluso cuando duermo
aparece me habla con imágenes y movimientos que no puedo controlar. Ilusión mía
por supuesto imaginar que podría hacerlo, ¿cómo hacerlo? ¿Para qué?
He pensado que tal vez me hace falta más instinto y menos cabalidad.
Ser un animalito de la creación, sin más.
Nada que importe tiene cabalidad. Es fantasía materializada
para justificar de alguna forma nuestra existencia, aparente, importante. ¿Qué
es importante en un círculo y una sociedad que más allá de los cimientos
político sociales en que funcione, en que se mueva, esté regida por cosas
inexistentes?
¿Puede algo verdaderamente ser considerado de trascendencia?
Respiro y la cabeza se inclina a mirar la pantalla del
móvil.
Voy a postear en mi perfil antes de que se note mi ausencia.