Hasta en el infierno hay bondad

Acaso en algunos territorios de la mente explotan minas de sedantes en momentos en que la creatividad y lo efusivo requieren recargarse; tal vez en modo automático, las cifras deban equilibrarse entre la buenaventura y la nostalgia necesaria de actividad decadente. No siempre lo brillante es lo más bello, notemos los tonos mate en casi todos los productos que están a nuestro alcance; vaya, que hasta los mejores placeres se presentan en tonalidades alternativas que van degenerando en múltiples extensiones de consumo y explotación.

Acaso sea el movimiento energético que desconozco y que seguro llega y se va, como la rotación del planeta o la formación de nubes: sucede, vive, se crea alrededor de la existencia en automático, pasa desapercibida hasta que se genera un cambio a la estacionalidad, llámese lluvia, llámese viento, llámese sol abrumador, llámese fragilidad. Lo que me rodea complementa y gravita con total independencia, pero asimismo, con total influencia engrandece la existencia si lo tomo en cuenta. Uno, indefenso, a la atmósfera le da valor, peso, constancia, retorno a la belleza con atención.

Es notable como los giros cotidianos devienen perversos y elucubran a favor de mantener un respiro. La felicidad cansa. La luz agota. La vida respira muerte y entonces, una mañana de vez en mil se vale abrir los ojos y mandar las cosas a la mierda, porque sí y porque no... porque uno puede hacerlo y porque de vez en vez, seguro hasta en el infierno hay brotes espontáneos de bondad.