Me atrevo a recordarla con melancolía. Me atrevo a pronunciar su nombre de nuevo, sílaba por sílaba, deleitando mi lengua y mi barbilla con el movimiento de la lengua al entonar los sonidos: baila la aguja en el cerebro, los recuerdos retorcidos se agolpan frente a mis retinas abiertas que ven espejismos donde la gente avanza y retarda su llegada al peor de los infiernos.
Me atrevo a verter ideas en la negrura de su ausencia. Filosofó acerca del tormento intempestivo en que sus caricias acabaron y cómo la piedra en la torpeza en sigilo se pulverizaba. Acepto que la vaguedad es recurrente en mis palabras.
Me atrevo a soñar con ella, dentro de ella, dentro de su piel, su aroma, su dolor, entrega, locura, belleza, amargura. Me atrevo a suicidar la vida guardada en la memoria para abrir brecha en la página blanca que tengo enfrente. La catástrofe aumentará con cada borrón y cada nueva palabra escrita. Veo neblina, fuerte, creciente.
Veo ya poco de ayer. Pero no veo nada de mañana.
Desnudo.